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Y CUANDO DESPERTÉ, EL VIVE LATINO TODAVÍA ESTABA AHÍ

Y CUANDO DESPERTÉ, EL VIVE LATINO TODAVÍA ESTABA AHÍ

Una columna de Arturo J. Flores
La edición XVI del Vive Latino que comienza este fin de semana me puso nostálgico. Es cierto que, como me dijo un día Jaime López, la nostalgia es un animal estéril. Estorba cuando no te deja avanzar, cuando te mantiene atado de manos e impide que tu creatividad fluya. Conozco a varios colegas, periodistas musicales, que repiten como loros: “En mis tiempos las bandas sonaban mejor”.
Un poco en burla a quienes se escudan detrás de esa frase es por lo que bauticé a este espacio como #EnMisTiempos.
La nostalgia es una trampa para osos. Una prisión sin barrotes que sin embargo, resulta efectiva para encerrar a alguien. Puedes dejar abierta la puerta y el recluso jamás se atreverá a dar un paso afuera, porque se muere de miedo. Pienso en mi amigo Rigoberto, un reportero de cepa que en la pared de su departamento exhibe no sólo el Premio Nacional de Periodismo que obtuvo después de entrevistar a la asesina intelectual de Álvaro Obregón, sino también sus fotografías junto a la Madre Teresa de Calcuta y Fidel Castro. A sus más de 70 años, Rigo no sabe utilizar Whatsapp, Facebook o Twitter. Aunque posee una infinita sabiduría, una cultura general enciclopédica y un olfato periodístico a prueba de balas, por alguna razón misteriosa su adaptación tecnológica se congeló en el tiempo.
Yo, sin embargo, delante de él me quito el sombrero.
Asisto al Vive Latino desde su primera edición, en 1998. Pero a partir del año 2000 lo hago como prensa. Lo he cubierto para diferentes diarios y revistas. Inclusive, he asistido como manager, cuando las Mystica Girls actuaron en 2010; y este año lo haré acompañando a Molotov, quienes aparecieron en la portada de la Edición Especial de Música de Playboy, que se publicó en este mes de marzo.

La nostalgia me obligó a regresar algunas páginas en el pasado. Cuando era un reportero imberbe e inexperto, le profesaba una devoción cuasi religiosa a los viejos lobos que me encontraba en la sala de prensa. Observar en acción a Chava Rock, a Óscar Sarquiz, a Sergio Monsalvo, a David Cortés, a José Luis Pluma, a Arturo Castelazo y a otras tantas firmas que leía yo en las revistas desde que cursaba la preparatoria, y encima codearme con ellos, representaba una experiencia equiparable a participar, por una noche, en el Juego de Estrellas de la NBA.
Hoy muchos de ellos ya miran los toros desde la barrera. Algunos exiliados por la edad y la salud, otros porque no supieron asimilar las ventajas de la tecnología, son pocos los que como Cortés, conviven y se codean con las generaciones periodísticas mancebas.
También creo que la arrogancia de algunos de ellos –no todos, aclaro–, mezclada con una capacidad de asombro diezmada o extinta, los hace mirar con desdén a la Vieja Escuela, considerándola una capa de polvo que bien haría el Dios de Rock en sacudirse de una vez por todas de los hombros.
A colegas como Natalia Cano, Luis Felipe Castañeda, Vicente Jáuregui y a mí, entre otros, nos toca ser la Mediana Guardia, la que, como dirían los Enanitos Verdes, “divide todo lo que fue de lo que será”.
Me entristece que la luz del gran periodista musical del pasado se extinga lentamente. Arrinconada contra la pared, la Vieja Guardia se dedica a rumiar su rabia contra Internet, contra los jovencitos que ni acentuar correctamente saben y que año con año se quejan amargamente del cartel del Vive Latino, aunque darían la vida por conseguir una pulserita que le permita tomar fotografías desde la valla.
También me provoca un serio entripado escuchar a esa Nueva Guardia soberbia y arrogante que cree que lo sabe todo, pero que sin WiFi se desespera igual que una hormiga a quien le borraron la línea. Aquellos que no creen que la Vieja Guardia les pueda enseñar nada, porque tampoco saben lo que es haber no tenido un Vive Latino; vaya, ni siquiera fantasean lo que era ser detenido por la policía sólo por escuchar rock.
Porque como decía mi maestro de historia en la secundaria: el pasado nos sirve para entender el presente y prepararnos para el futuro.
Recuerda, Vieja Guardia, que una vez fuiste nueva. Como hoy ves a los jóvenes, ayer te vieron a ti.
Tú, Nueva Guardia, no olvides que cuando despiertes, es posible que el dinosaurio ya no esté ahí… y te hayas convertido en el dinosaurio.

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