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EL EDITOR FUTBOLERO DETRÁS DEL PERIÓDICO "ALARMA" Por Julián Rodríguez Linares

EL EDITOR FUTBOLERO DETRÁS DEL PERIÓDICO "ALARMA"


Por Julián Rodríguez Linares



"La muerte forma parte de la vida"
Miguel Ángel Rodríguez


Tu trabajo fue una inyección de vida al periodismo policiaco mexicano. Detrás de aquella labor de cubrir muertes, suicidios, conflictos pasionales, descabezados, ahorcados, embolsados, peleas callejeras, así como un largo etcétera de violencia, estuvo el ingenio de un apasionado al baile, a los poemas y al fútbol: Miguel Ángel Rodríguez, el Alarmo.



MATÓLA Y VIOLÓLA: LOS INICIOS


Hace poco más de 50 años apareció el primer número de la revista Alarma!, el semanario mexicano especializado en tratar los temas policiacos y las tragedias humanas. El 17 de abril de 1963, el periodista Carlos Samayoa emprendió la labor de construir una publicación capaz “de ser una tribuna del pueblo para sus demandas de justicia”, explicó su director en uno de sus editoriales.

En aquellos primeros días de Alarma!, el contexto social, político y económico de México era distinto al actual. El sistema político pertenecía a un solo partido; según la descripción del politólogo italiano Giovanni Sartori existía un partido hegemónico, el PRI, donde las elecciones sólo eran una ceremonia, porque de antemano se conocía al ganador.

Eran tiempos de progreso económico. Según datos que ofrecen los economistas Rolando Cordera y Carlos Tello, el país se estaba acostumbrando a crecer por encima del 3% anual, tan sólo en el periodo de 1959-1964 fue de 3.4% y de 1965 a 1970 la economía mexicana alcanzó 3.5%.

Fueron años donde un egresado de la educación superior tenía un panorama favorable para encontrar trabajo. Existían las condiciones sociales para que los hijos tuvieran un futuro mejor al de sus padres. Es cierto que el reparto de la riqueza no era equitativo entre la sociedad mexicana, pero al menos un estudiante de medicina, por ejemplo, al salir de la universidad encontraba fuentes laborales en las cuales podría insertarse para tener movilidad social.

Sin embargo, este avance en el nivel económico y social no fue acompañado de un aumento en las libertades políticas de los ciudadanos. Partidos de oposición acosados por el gobierno y medios de comunicación censurados, donde la única voz era la oficial y aquellos que mostraban una realidad distinta perdían su cargo, eran un reflejo del pan de cada día. El caso del director del Fondo de Cultura Económica, Arnaldo Orfila Reynal, quien fue destituido por publicar el libro Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis, un estudio sociológico de la situación de la pobreza en la Ciudad de México, fue una muestra del poder de la autoridad.

Ese era el contexto en la década de los 60’s en el cual floreció el semanario Alarma!, el catálogo por excelencia de la tragedia. En su primera portada apareció el encabezado Aida sigue en la cárcel, donde se trataba el caso de una actriz mexicana y cómo la vida la llevó del cielo al infierno. Además, en ese número fueron publicadas la confesiones de un padrastro que mató a su hijastra bajo el título Asesine a Edilberta porque la amaba y por último se informó de la muerte del policía Juan Chávez.

“La nota roja no la hacen los periodistas, los editores o los dueños de los medios de comunicación. La nota roja la hace la vida. Es indispensable que se den noticias policiacas, porque la vida no es una fiesta, la vida no es color de rosa”, explica el cronista y profesor de la UNAM, Ignacio Trejo Fuentes, sobre la importancia de este tipo de información que registra el dolor y las penas humanas.






Al siguiente año de que saliera el primer número de la revista ocurrió el suceso que marcaría la nota roja mexicana y a Alarma!: Las Poquianchis. El 23 de enero de 1964 fue descubierta en Guanajuato una red de trata de blancas a cargo de las hermanas González Valenzuela: Eva, Delfina, María y Luisa fueron acusadas de obligar a decenas de mujeres a prostituirse.

En León, la vida no vale nada fue uno de los titulares que se usó para abordar el caso de este comercio sexual ilegal, donde fue tanta la demanda de la sociedad mexicana por conocer a los culpables, las investigaciones, las declaraciones, así como a los inocentes que el tiraje de la publicación subió a los 300 mil ejemplares semanales con una venta casi total.

Así, la fama de la revista fue de tal magnitud que la gente le decía a todos aquellos que querían caminar en la ilegalidad: “ándate con cuidado o sales en el Alarma!”, como diría uno de sus encabezados, este semanario se convertía en “el índice de fuego” de lo prohibido y lo malo de la sociedad.

En ese sentido, los elementos característicos de la revista eran las fotografías y los encabezados. Las imágenes de la portada y el interior mostraban escenas crudas de la violencia en el territorio mexicano. Los retratos de cuerpos en descomposición, el dolor de las familias al perder a un ser querido en una tragedia o los cadáveres de policías y de asaltantes eran ejemplos del morbo que movía a los lectores para comprar la revista.

En esta exhibición de sangre, los titulares cumplieron una función especial al acompañar cada pena con un juego del lenguaje para generar un humor negro involuntario. “Daba vuelo a su imaginación, el director Carlos Samayoa, y a su talento para crear verdaderas obras de arte en el cabeceo de las principales notas de la semana”, refiere su alumno Miguel Ángel Rodríguez, pues en cada edición aparecían frases originales para describir el acontecer criminal de la sociedad como el popular Matóla, Violóla y Encostóla!.

En el número dedicado a informar el 2 de octubre, el director Carlos Samayora lo cabeceó con Noche de horror en Tlatelolco! y en la parte inferior colocó el título secundario Qué tristeza… Nos seguimos matando entre mexicanos!. A pesar de la censura que existió desde el gobierno para ocultar este hecho, en Alarma! la información y las fotografías sirvieron para demostrar el uso de la fuerza pública en contra de los estudiantes.

Un par de décadas después, en 1985, el semanario volvió a romper récord con el promedio de ejemplares impresos, al alcanzar un tiraje de dos millones en los cuales aparecía la destrucción que causó el terremoto en la Ciudad de México. En esa ocasión, las imágenes de muertos fueron remplazadas por las escenas de la devastación que provocó este fenómeno natural en edificios, casas y lugares públicos de la ciudad. El titular de aquella portada fue simple: Terremoto!, pero en el interior se podían leer encabezados como Pánico, horror, muerte!, Lágrimas, Luto y La capital destrozada.

Después de 9 meses del sismo que estremeció a la capital mexicana, Alarma! fue censurada por la Secretaría de Gobernación, en ese entonces durante la administración de Miguel de la Madrid, al considerarla una publicación pornográfica. Sin embargo, tras estar muerta 6 años, el 4 de junio de 1991 el color amarillo y sepia volvió a inundar los puestos de periódicos y revistas mexicanos, ahora con el nombre de El Nuevo Alarma!.

En esta temporada, sus páginas volvieron a cubrir el índice delictivo del país, ahora con un problema más notorio en la sociedad mexicana: el narcotráfico. Cuerpos descabezados, hombres colgados en puentes, mutilados, narcomensajes, así como la respuesta del Estado para terminar con el tráfico ilegal de drogas, fueron el denominador común en esta etapa.





DISEÑÓLA Y PUBLICÓLA: MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ



La era del Nuevo Alarma! tuvo como protagonista al editor Miguel Ángel Rodríguez, un periodista que a los 14 años conoció de cerca la revista, porque en la casa su cuñado David Jiménez acostumbraba llevar una serie de ejemplares al hogar para continuar con su trabajo de machoteador, es decir, era el diseñador de este semanario.

En este primer contacto con la nota roja mexicana, el Alarmo, como también era conocido Miguel Ángel Rodríguez, inició su aprendizaje en la labor de abordar los hechos sangrientos. “Empecé a diagramar con paciencia, mi cuñado me enseñaba y después de decenas de páginas fallidas finalmente una se publicó”, recuerda.

La evolución de este joven como periodista continuó en la redacción de dicho semanario. En un principio su trabajo era el de mensajero. Sin embargo, el observar a los periodistas cubrir el horror y en específico el ingenió de Carlos Samayoa, le permitieron a Miguel Rodríguez descubrir su verdadera vocación como periodista policiaco.

“Don Carlos se regocijaba creando palabras, epítetos, adjetivos, frases donde nos describía a los “machos”, a los “feos”. En ese entonces nunca pensé que un día me tocaría tratar de hacer las portadas de Alarma!”, refiere quien con el tiempo se convertiría en el editor y continuador de este estilo.

Una vez director del Nuevo Alarma!, Miguel Ángel Rodríguez prosiguió con la escuela que le heredó su antiguo jefe. “El estilo, a lo largo de todo este tiempo, ha sido el mismo, es decir, un habla coloquial, por ejemplo hablar de mujercitas, de chicas de tacón dorado o decir plomazos para referirnos a los disparos”, declaró en una entrevista el editor de hierro, como también era conocido Rodríguez, para comentar sobre los encabezados que atrapan a los lectores como Dos horas de balazos, Lo mata por no bajarse por los chescos o Rápidos y mugrosos.

El Poetrazo, seudónimo con el que firmaba sus poemas este aficionado al futbol y seguidor del equipo deportivo Atlas, fue un defensor de su trabajo y del legado de poco más de 50 años de este medio, referente en las noticias trágicas.

“Aquí el único código de ética está en nuestro eslogan y es únicamente la verdad, en la revista nunca vas a encontrar una foto tocada, editada o alterada; pueden ser fotos muy violentas, y a eso le pueden llamar amarillismo, está bien; pero nadie puede decir que somos mentirosos o falseamos la información, o sea, el cadáver así estaba, así lo dejaron; acto seguido, nosotros lo publicamos. Son fotos crueles para la sociedad, pero nuestro objetivo es informar”, comentó en Miguel Rodríguez ante las críticas de que su publicación sólo difundía morbo, así como era una ofensa a la dignidad tanto de los muertos como de los presuntos culpables.





EL FIN



En enero de 1984 el luchador mexicano El Santo, el enmascarado de plata, apareció en una entrevista en televisión, en el programa Contrapunto de Jacobo Zabludovsky. En esa conversación, el deportista accedió a mostrar parte de su rostro a las cámaras de televisión, frente a la mirada atónita de miles de espectadores.

La estrella de películas como El Santo contra Las momias de Guanajuato enseñó a la mirada pública su identidad, aquella que había protegido durante varias funciones estelares de máscara contra máscara. Tal vez, aquella noche el vínculo que mantenía unidos al humano y al personaje se rompió y el costo fue muy alto: tan sólo unas semanas después el 5 de febrero de ese año, los mexicanos se enteraban de la muerte del máximo exponente e ídolo del pancracio mexicano.

“Tu muerte fue veloz. Yo intenté llegar lo más rápido posible y bajé corriendo las escaleras de la entrada del Metro Balderas, pero mi carrera no fue suficiente; tú ya estabas inerte; te habías ido, Miguel Ángel Rodríguez” , es la descripción que hace Enrique Morán, periodista del diario El Gráfico, para recrear la noche del domingo 16 de marzo en que perdió la vida su mejor amigo.

La muerte del director del Nuevo Alarma! fue inesperada, pero quizás al igual que El Santo existe una pista para explicarla. En febrero de 2014, esta revista dejo de publicarse. La pasión de vida de Rodríguez enfrentaba de nuevo el dolor de dejar de aparecer impresa, pero en esta ocasión el fin ya era para siempre.

Al parecer, las historias de Miguel Ángel Rodríguez y Alarma! fueron una sola; uno estaba hecho para el otro y viceversa, porque no tuvo que pasar más de un mes para que un infarto fulminante al corazón le quitara el aliento y lo llevará conocer el mismo destino que retrató desde su juventud: la muerte.

“Queremos que se vea Alarma! como un catálogo de lo malo. Que su color amarillo sirva como un símbolo de precaución, de disuasión, de prevención para no cometer faltas que puedan llevarnos a la muerte o a la cárcel. De no repetir los errores que incurren quienes cada semana aparecen lastimosamente en nuestras páginas”, escribió el Alarmo en la edición conmemorativa por los 50 años de la revista. En aquél número Alarma! mencionó su intención de ir por el siglo, pero ese futuro nunca va a llegar.

Sin embargo, los 17 de abril de cada año serán una fecha para recordarnos cómo una revista que chorreaba sangre pudo eclipsar a la sociedad mexicana al informarnos no sólo la nota roja sino al mostrarnos como atrás de cada “ejecutado, encobijado, encajuelado, secuestrado y cientos de homicidios, existe un problema de tipo social: de pobreza, de injusticia, de falta de oportunidades y desigualdad” en México. Hasta pronto Alarma!.

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