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“La renuncia que nunca fue. La trampa de Octavio Paz”, texto de Jacinto Rodríguez Munguía

“La renuncia que nunca fue. La trampa de Octavio Paz”, texto de Jacinto Rodríguez Munguía
La revista 'Emeequis' adelanta un fragmento del libro que publicará Jacinto próximamente.
PAZ1

Texto: Jacinto Rodríguez Munguía/ @T_Invisible
Multimedia: Lucía Vergara/ @LuuMafu
Ilustración: José Quintero

El 4 de octubre de 1968, cuando apenas habían pasado 48 horas de la matanza de estudiantes, el poeta Octavio Paz renunció al cargo de embajador de México en la India. No podía ser cómplice de un gobierno autoritario que nuevamente utilizaba a Tlatelolco como piedra de sacrificio, ahora para asesinar a sus jóvenes.
La decisión de renunciar al cargo diplomático fue apenas un destello en el país: el único intelectual de ese nivel y en un cargo público que dijo “no” al poder, a un presidente represor como Gustavo Díaz Ordaz; el escritor que protagonizó el “acto moral más audaz”, el más valiente. 
Pocos días antes de abandonar el poder, el presidente Díaz Ordaz hizo que le preguntaran sobre la renuncia del escritor. “¡Ese qué va a renunciar!”, respondió despectivamente.
Y no, Paz no renunció. Hizo uso de un recurso que en la jerga diplomática se llama disponibilidad. No renunció y no podía hacerlo porque la ley se lo impedía, se argumentó desde entonces y durante las siguientes décadas.
No, no renunció, aunque la ley sí se lo permitía. No, no renunció y siguió cobrando su sueldo mensual desde 1968 hasta 1973, cuando alcanzó los 30 años de servicio en las filas diplomáticas.
Este fragmento que adelanta Emeequis es parte del capítulo sobre Octavio Paz del libro en preparación sobre intelectuales y poder en México. En él se confirma lo que intelectuales cercanos al escritor han considerado siempre una infamia: que Paz recurrió a una trampa para no renunciar y seguir cobrando.
Díaz Ordaz, en este caso, tenía razón.


***
“A veces la intuición de los poetas es la más certera”. ¿Cuántas veces se habrá acordado Octavio Paz de esa frase, de la frase que Gustavo Díaz Ordaz pronunció semanas antes de la matanza del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco?
Nadie lo sabrá nunca. Lo que sí sabemos es que esa frase, la de Díaz Ordaz, nació después de leer las reflexiones que Octavio Paz hacía en los días tempranos de septiembre de 1968. El poeta tomaba entonces distancia de las metáforas y la contemplación para analizar y reflexionar sobre la realidad que estallaba en las calles de París, Praga, San Francisco, Berlín, la Ciudad de México.
La tarde del 22 de julio de 1968, una vulgar pelea, creada u espontánea, entre dos grupos de porros marcó el inicio del movimiento social que partiría la historia de la protesta en México.
A diferencia de los movimientos que irrumpían en otras grandes metrópolis del mundo, donde las reivindicaciones políticas se hallaban en el centro de todo, el de México partía de un aparente absurdo.
El camino se hizo largo y se enfiló hacia el 2 de octubre, el punto final de otra historia recurrente en México: el de la violencia.
* * *
El 9 de septiembre de 1968, Octavio Paz deja a un lado la inspiración poética para mirar desde la razón los hechos que desgarran al mundo, a su país tan distante y tan cercano a él.
A una distancia de 14 mil 673 kilómetros, la que existe entre México y la India, y 49 días después del 22 de julio, se asoma el otro Paz, el del ensayo, el antropólogo, el sociólogo.
Octavio Paz escribía lo que podría ser el prólogo y epitafio de sí mismo con la mirada puesta sobre el mundo y así se lo contaba a su amigo, su jefe, el secretario de Relaciones Exteriores, Antonio Carrillo Flores:
La segunda parte de mi informe contiene apreciaciones personales sobre la situación mexicana porque no pude ni quise contenerme.
Desde hace 10 años el problema me preocupa y me angustia. No es un conflicto estudiantil únicamente –aunque tiene características específicamente estudiantiles– sino generales que mañana puede expresarse de otra manera y por medio de otros grupos sociales, como ocurrió al final del periodo del Presidente Ruiz Cortines y también en determinados momentos de la gestión del Presiente López Mateos (…).
Así, aunque a veces la fraseología de los estudiantes y estos grupos recuerde a la de los jóvenes hermanos, norteamericanos y alemanes, el problema es absolutamente distinto. No se trata de una revolución social –aunque muchos se digan ser unos revolucionarios radicales– sino de realizar una reforma (subrayado de OP) en nuestro sistema político.
Si no se comienza ahora, la próxima década de México será violenta…
Esas letras habrían arrancado de Gustavo Díaz Ordaz aquellas palabras: “A veces la intuición de los poetas es la más certera”.
Concluyó el escritor su carta, manuscrita y en tinta azul, con una solicitud: Iré a México, si usted me da permiso, a fines de octubre para dar de nuevo las conferencias citadas en El Colegio Nacional.
Octavio Paz ya no vendría a México como lo había planeado, ni dictaría esas conferencias. Se atravesó en su vida el 2 de octubre. El año de 1968 sería para el poeta lo que para Pablo de Tarso el camino de Damasco.
Al dejar la embajada de México en Nueva Delhi, India, Paz se asumió como un mártir inconsciente, un Cristo que cargaría la cruz de la moral de toda una generación de intelectuales.
El acto más práctico y concreto fue dejar la embajada de México en la India. Aunque el término oficial-administrativo fue disponibilidad, no renuncia.
Pero, entonces, cuando su ruta a la canonización intelectual se iba construyendo, el presidente al que le había renunciado colocó los peores clavos que se pueden dejar en el cuerpo de los mártires: la duda y la sospecha.
“¡Ese que va a renunciar!”.
* * *
En el otoño de 1968 fueron asesinados decenas de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. El poeta Octavio Paz deja entonces la embajada mexicana en la India en protesta por esa masacre.
Escribe en su carta elaborada a máquina –en el extremo superior derecho, el propio Paz colocó estas palabras: “Confidencial y personal”– lo siguiente:
Ante los acontecimientos últimos, he tenido que preguntarme si podía seguir sirviendo con lealtad y sin reservas mentales al gobierno. Mi respuesta es la petición que ahora hago: le ruego que se sirva ponerme en disponibilidad, tal como señala la Ley del Servicio Exterior Mexicano. Procuraré evitar toda declaración pública mientras permanezca en territorio indio. No quisiera decir aquí, en donde he representado a mi país por más de seis años, lo que no tendré empacho en decir en México: no estoy de acuerdo en absoluto con los métodos empleados para resolver (en realidad: reprimir)las demandas y problemas que ha planteado nuestra juventud.
Esa decisión, dice el historiador Enrique Krauze, representó para Octavio Paz “su hora mejor, un gesto sin precedentes en la historia mexicana. Ese acto de libertad tendría repercusiones extraordinarias en la vida política y cultural de México y, hasta cierto punto también, en América Latina”.
“En comunión con la revuelta estudiantil, Paz se iba a su revolución en el acto de romper con una revolución petrificada. Con un poema y una renuncia, Octavio Paz comenzó a convertirse en protagonista de su propia ‘Canción mexicana’”.
Por supuesto, Krauze no sería el único intelectual que defendería la integridad moral y política de su mentor.
Muchos años antes, Carlos Fuentes, el entonces gran amigo de Paz, escribió en 1972:
“La ruptura más clara y digna de la inteligencia con el poder represivo la protagonizó Octavio Paz al renunciar al cargo de embajador de México en la India a raíz de la matanza de Tlatelolco. La naturaleza de la represión contra quienes se atrevían a soldar la inteligencia y acción la comprobaron en carne viva, al ser privados de la libertad, José Revueltas, Heberto Castillo, Eli de Gortari”.
Guillermo Sheridan, escritor cercano a los afectos de Paz y sin duda el mejor biógrafo del poeta, ha escrito mucho sobre esos días:
“Paz decide que se halla en incapacidad ‘para servir con lealtad y sin reservas mentales al gobierno’ a raíz de la masacre. Esta decisión lo inclina a solicitar ser puesto en disponibilidad precisamente porque el conflicto no obedece a que él rechace una orden directa de la SRE, sino a que considera al gobierno responsable de actos que chocan con el imperativo ético de su embajador; no se enfrenta a un mandato que podría haber hallado carente de validez intrínseca o contrario a los intereses del país, sino a un dilema de conciencia:
“Representar a un gobierno que, a sus ojos, ha perdido su legitimidad moral. Ponía así su calidad esencial de ciudadano por encima de su naturaleza circunstancial del funcionario. Curiosamente, esto no lo exentaba de tener que expresar su decisión como funcionario, puesto que aún lo era en ese momento y lo seguiría siendo hasta recibir la notificación de hallarse en disponibilidad”.
Christopher Domínguez, otro de los escritores que se forjaron intelectual y profesionalmente al amparo del premio Nobel, ha agregado su propia valoración sobre el tema en su reciente libro Octavio Paz en su siglo:
“De los miles y miles de funcionarios que el Estado mexicano tenía el 2 de octubre nadie, salvo Paz, renunció a su puesto. Ningún otro”.
Y se hace eco de lo que Sheridan, Krauze y otros argumentaron por años sobre la salida de Paz de la embajada de la India. Dice que el muro legal de los funcionarios del servicio exterior se llamaba disponibilidad:
“La palabra disponibilidad (cursivas del original de Domínguez) fue utilizada maliciosamente no sólo por los gacetilleros gubernamentales. Al día siguiente de abandonar la Presidencia, el 2 de diciembre de 1970, lo primero que hizo Díaz Ordaz fue denigrar a Paz insistiendo, en unas declaraciones ante la televisión, en que no había sido renuncia sino un despido”.
Ese 2 de octubre: el ritual de la muerte
Dice el boletín B-123 difundido por el gobierno mexicano: “18 de octubre de 1968. La SRE, por acuerdo superior, ha resuelto conceder al embajador Paz su separación del Servicio Exterior Mexicano”.
Guillermo Sheridan escribía en octubre de 1998, a propósito del 30 aniversario de Tlatelolco.
“Lo que Octavio Paz hizo ese 4 de octubre fue precisamente eso: decir NO. Un NO que hoy, a 30 años de los acontecimientos de Tlatelolco, estamos obligados a escuchar en toda su resonancia, y ante el cual estamos obligados a asumir nuestra propias responsabilidades (…)”.
Dice en su texto, publicado en la revista Proceso:
“No ha sido infrecuente en estos días leer y escuchar cómo continúa operando la calumnia que contra Octavio Paz, después de su renuncia como embajador de la India, el 4 de octubre de 1968, a raíz de la masacre, fraguó el gobierno de Díaz Ordaz.
“Esta calumnia consistió entonces en sostener que Paz ‘no renunció a su cargo, sino que se puso en disponibilidad’, a lo que no ha faltado quien agregue hoy en día que, por si fuera poco, ‘siguió cobrando su sueldo en Relaciones Exteriores’. Me parece importante hablar del asunto en estos días en los que estamos empeñados en la verdad”.
Explica Sheridan, como lo hicieron muchos por mucho tiempo, que la Ley Orgánica del Servicio Exterior Mexicano vigente en 1968 no contemplaba el concepto de renuncia entre sus artículos.
Escribe Sheridan en respuesta 30 años después a la diatriba de Díaz Ordaz en contra del Nobel:
“Díaz Ordaz, dice Sheridan, se aprovechó de su semántica ambigua para procurar descalificar a Paz, insinuando que ‘disponibilidad’ no era lo mismo que ‘renuncia’ y que solicitarla suponía una actitud interesada en conservar beneficios. Lo logró en la misma medida en la que, a 30 años de distancia, algunas personas que nunca le creyeron una sola palabra a Díaz Ordaz, hacen una excepción cuando se trata de calumniar a Paz.
“La campaña de desprestigio del gobierno se inició con la versión de que Paz no había renunciado, sino que había sido ‘relevado de su cargo’ (todo esto se encuentra en su expediente en el Archivo Histórico de la SRE)”.
Al comparar la actitud de Paz con la que asumió Salvador Novo en ese mismo periodo, Sheridan escribe en su libro Señales debidas: “Pesa la indignidad del comportamiento de Novo durante 1968, una crisis que Paz vivió a fondo y con un sentido de la responsabilidad moral y política que abundaba en él tanto como escaseaba en el otro”.
La salida de Octavio Paz de la embajada de la India representaría el acto más importante del mundo intelectual frente al poder político mexicano y su máximo representante: el presidente de la República.
Esa renuncia representaba, como apuntan Krauze, Fuentes, Sheridan y otros, el No de muchos intelectuales al poder, al gobierno, al Presidente, al Estado, al gobierno que en esos años ejercía el PRI sin contrapeso alguno.
La renuncia quedaría por tanto como una de las luces más intensas en medio de una época de sombras, no sólo porque realzaba la figura de Octavio Paz, sino porque representaba la reivindicación del papel del pensamiento crítico frente al poder.
* * *
Tiene razón Guillermo Sheridan. Toda la información del expediente de Octavio Paz se encuentra disponible en el archivo histórico Matías Romero de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
En él se guarda el original enviado por Paz al canciller Antonio Carrillo Flores. La carta de retiro de la embajada y el servicio diplomático no es un mero documento protocolario, burocrático. Es un largo escrito de tres cuartillas (unas 100 líneas apretadas). Es una carta meditada.
Y en el segundo párrafo de ella, el escritor comparte sus sentimientos con su superior:
Anoche, por la BBC de Londres me enteré de que la violencia había estallado de nuevo. La prensa india de hoy confirma y amplía la noticia de la radio; las fuerza armadas dispararon contra una multitud compuesta en su mayoría por estudiantes. El resultado: más de veinticinco muertos, varios centenares de heridos y un millar de personas en la cárcel. No describiré a usted mi estado de ánimo. Me imagino que es el de la mayoría de los mexicanos: tristeza y cólera.
Entre la colección de documentos que por sí mismos cuentan otras historias, las no accesibles a los ojos de los ciudadanos, se encuentran también las cartas que siguieron a la decisión de Paz de dejar la embajada.
Paz no sólo prepara maletas para abandonar Nueva Delhi, elabora reportes, revisa documentación, deja sugerencias. No es la actitud del servidor público resentido, dolido y enojado que avienta las cosas y trata de obstruir el curso de las tareas administrativas y públicas del que sería su sucesor en la embajada.
Al tiempo que cruzaba cartas personales, redacta con cuidado y paciencia los correspondientes reportes finales. Reportes propios de quien no se está despidiendo para siempre. Hay un poco de un hasta siempre, más que un hasta nunca.
Uno de ellos es el texto de nueve páginas que envió a Antonio Carrillo Flores con fecha 11 de octubre de 1968.
En él hace un análisis histórico de las relaciones de México con la India, los problemas culturales, sociales y económicos de esa región. Sugiere mecanismos para mejorar los vínculos entre ambas naciones, reflexiona sobre las relaciones diplomáticas y da cuenta de las características del personal que había tenido a su cargo.
Un informe serio y cuidado. Y sólo el último párrafo lo dedica a las expresiones personales:
Querido amigo: he terminado. Ahora no me queda sino decirle: sentiría muchísimo que mi decisión lo haya lastimado. A usted sólo le debo atenciones, simpatía e inteligente comprensión. No olvidaré nada de eso ni lo olvidaré a usted: créamelo. También me duele dejar a varios amigos que siempre me han distinguido con su afecto: en primer término el licenciado Alfonso Rosenweig Díaz y, en seguida, al subsecretario García Robles, al licenciado Gallástegui y a otros muchas más. Ya les escribiré a todos, cuando recobre la calma.
Una vez más, recibe el saludo cordial de su amigo.
Y esa firma, suave y titubeante, letra de dedos infantiles con la que rubricaba sus cartas. En este caso, la última que dejaba en documentos oficiales: Octavio Paz.
Era, como diría Enrique Krauze, uno de sus herederos intelectuales directos, “su mejor hora”.
Renuncia: esa maldita palabra
Una tarde comencé a revisar los varios tomos del expediente Octavio Paz. Y algo que llamó mi atención fueron los puntuales registros administrativos de cada movimiento de los servidores públicos, en este caso, de los diplomáticos.
Las peticiones de vacaciones por adelantado, los permisos para asistir a conferencias o para avanzar en la escritura de algún libro, presentaciones, invitaciones especiales a universidades, cursos, etcétera.
Todo está propiamente anotado: los cambios de una representación diplomática a otra. La logística y los recursos que invierte la SRE para el traslado de familiares y de los funcionarios. Los cuidados y atención de salud para los familiares.
En el caso de Octavio Paz, es interesante apreciar cómo en todo momento la SRE lo apoyó a él y a su familia, sobre todo a su esposa Elena Garro y su hija Helena.
Cuando se produjo el largo y tortuoso proceso de separación de Paz y Elena Garro, la Cancillería puso a disposición del escritor todo el apoyo administrativo.
Por ahí merodean cientos de documentos de Paz. Sus cartas, sus reflexiones, las elucubraciones de quien no perdía su genialidad de ensayista ni siquiera en documentos que, de algún modo, tenían un lector del mundo institucional, oficial.
Esas son las entrañas del ogro burocrático, la de documentos de flojera, aburridos. Es un lenguaje sin grandes declaraciones, sin nada qué decir para la Historia.
Y de entre esos papeles de lenguaje llano y sin “vida”, surgió una primera alerta.
Las cartas que cruzaron Octavio Paz y Carrillo Flores en diciembre de 1964, al arribo de Gustavo Díaz Ordaz a la Presidencia de la República.
Al asumir un nuevo presidente, es costumbre y ley que los servidores públicos presenten su “renuncia” de manera voluntaria para que la nueva administración decida si continúan o no en el puesto.
Este fue el caso de Octavio Paz, de acuerdo con la siguiente carta, fechada el 22 de diciembre de 1964:
Sr. Octavio Paz
Embajador de México
Nueva Delhi, India.
Muy querido amigo:
Quiero ante todo agradecer la felicitación contenida en su carta del día 3. Ojalá que sus buenos augurios los confirme el tiempo y esa resultante de esfuerzo y destino que tantas veces rige nuestra vida.
Recibí también su renuncia como Embajador de México. Di cuenta de ella al señor Presidente Díaz Ordaz y me complace decirle que él tuvo a bien resolver que siga usted colaborando con el servicio Exterior Mexicano al cual usted prestigia tanto por lo que hace como por lo que es. Creo que puede usted contar con que permanecerá en la India, al menos mientras yo sea el responsable de esta Cancillería, por el tiempo en que se sienta usted a gusto e interesado con su trabajo.
Leo casi todo lo que usted publica. Me gustaría de cuando en cuando recibir, para mi disfrute personal, cosas suyas que todavía no llegan a la imprenta o que se aparezcan en publicaciones que no sea de acceso fácil a los no especialistas.
Le llegará éste tal vez después de Navidad pero espero que antes del inicio de un año en que le deseo toda suerte de aventuras.
Ahí estaba la supuestamente inexistente palabra “renuncia”.
Otro de esos fríos e insensibles documentos que habitan el mismo archivo personal de Octavio Paz da cuenta de la existencia de la renuncia como una posibilidad de dejar el servicio exterior mexicano.
El acuerdo 5-A 1067 del 11 de abril de 1958 dice textualmente:
C. Director General del Servicio Diplomático
Expídase nombramiento por un mes a partir del 16 de los corrientes, en favor del C. Octavio Paz, actualmente Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario Supernumerario, como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de base, para el desempeño de una comisión oficial en los Estados Unidos de América.
En consecuencia, durante el periodo de tiempo mencionado el interesado causará baja en la plaza SE-02-01-148 y ocupará la plaza SE-02-01-3 (3), actualmente vacante por la renuncia que con fecha 1 de febrero de 1958 presentó el Lic. Anselmo Mena Barbosa.
Firma: Lic. Luis Padilla Nervo.
En la constancia de nombramiento expedida el 16 de abril se reafirma que Anselmo Barbosa Mena habría causado baja por renuncia. Es decir, el mismo Paz sustituía a alguien que había renunciado a su puesto.
Si la renuncia sí era una posibilidad, ¿por qué la solicitud de disponibilidad?
El acuerdo 5-A 356 con fecha 17 de octubre de 1968 da cuenta de manera oficial y en sólo seis líneas del cambio de la situación laboral de Octavio Paz:
A solicitud del interesado, póngase en disponibilidad a partir de esta fecha, al C. Embajador Octavio Paz.
Proporciónese al interesado y a su esposa pasajes de regreso de Nueva Delhi, India, a esta capital. Notifíquese y cúmplase.
El secretario. Antonio Carrillo Flores.
El término exacto es “disponibilidad”, con una extraña primera frase: “A solicitud del interesado”.
Al día siguiente, el 18 de octubre, la SRE emite un boletín oficial: “El embajador de México en la India, señor Octavio Paz, con base en las versiones que la radio y la prensa extranjeras dieron de los recientes sucesos de la ciudad de México, ha solicitado ser puesto en disponibilidad.
“En virtud de que es muy grave que un embajador de México, dando crédito a versiones inexactas, difundidas por ciertos órganos de información extranjeros, juzgue al país o al Gobierno que representa, la Secretaría de Relaciones Exteriores, por acuerdo superior, ha resuelto conceder al Embajador Paz su separación del servicio Exterior Mexicano”.
Paz, las revueltas de la historia
—¿Qué opina usted, señor Presidente, del libro escrito por Octavio Paz y que trata sobre los consabidos sucesos de Tlatelolco?
—Pues oiga usted, no lo conozco, honradamente. Si no me equivoco, en la época de lo que usted llama “consabidos sucesos de Tlatelolco” el señor don Octavio Paz era nuestro embajador en la India.
—¡Ah! ¿Entonces fue cuando renunció?
—¡Ese que va a renunciar! Fíjese usted, muy cómodamente, pidió que se le pusiera en disponibilidad. Es decir, acudió al expediente burocrático de asegurar la chamba y prácticamente está con licencia indefinida. Eso es todo.
Veo una y otra vez la entrevista que el periodista Ernesto Sodi Pallares hizo a Días Ordaz hacia el final de su sexenio, y es muy evidente el perfil y la personalidad del presidente. Todo su cuerpo dice lo que con sus palabras no se atreve a enunciar.
Cuando escucha el nombre de Octavio Paz, algo estalla en las entrañas, contiene la erupción, se tambalea. Pero el enojo, una furia que apenas puede contener, lo empuja hacia al frente. Trata de domar las palabras. Lo logrará en las primeras que emite: “No lo conozco (el libro) honradamente”.
Pero no, no es momento de dejar pasar la oportunidad, ésta que es quizá la última para dejar un clavo podrido en la historia personal de Octavio Paz, ese poeta que le dejó la embajada de la India en protesta por la masacre de Tlatelolco. “¡Ese que va a renunciar!”.
Estaba hecho. La duda quedaba sembrada. Con toda la intención, con ganas de dañar la imagen del intelectual. Dejarle una mancha indeleble en su nombre. No dejarlo en paz.
La entrevista tiene fecha del 17 de noviembre de 1970, lo que indica que le quedaban solamente 13 días en el poder. Para el 1 de diciembre estaría entregando todo el “imperio” sexenal a Luis Echeverría Álvarez. Y lo que dijera luego ya no sería igual, ya sería la palabra del ex presidente.
Nadie sabe si Díaz Ordaz habría leído Postdata, el libro que Octavio Paz escribió durante su estancia en la Universidad de Texas en Austin, en lo que sería una de las paradas últimas del poeta antes de regresar a su patria.
Al reflexionar sobre lo acontecido en 1968 Paz escribe en Postdata:
• Toda dictadura, sea de un hombre o de un partido, desemboca en las dos formas predilectas de la esquizofrenia: el monólogo y el mausoleo. México y Moscú están llenos de gente con mordaza y de monumentos a la Revolución.
• Una reacción exagerada o excesiva delata, en cualquier organismo vivo, miedo e inseguridad; y la esclerosis no sólo es signo de vejez sino de incapacidad para cambiar. El régimen mostró que no podía ni quería hacer un examen de conciencia; ahora bien, sin crítica y, sobre todo, sin autocrítica, no hay posibilidad de cambio.
• Esta debilidad mental y moral lo condujo a la violencia física. Como esos neuróticos que al enfrentarse a situaciones nuevas y difíciles retroceden, pasan del miedo a la cólera, cometen acciones insensatas y así regresan a conductas instintivas, infantiles o animales, el gobierno regresó a periodos anteriores de la historia de México: agresión es sinónimo de regresión.
• Mis palabras irritarán a muchos; no importa, el pensamiento independiente es casi siempre impopular.
• Lo que ocurrió el 2 de octubre de 1968 fue simultáneamente, la negación de aquello que hemos querido ser desde la Revolución y la afirmación de aquello que somos desde la Conquista y aun antes.
• El tlatoani representa la continuidad impersonal de la dominación; una casta de sacerdotes y jerarcas ejerce el poder a través de una de sus momentáneas encarnaciones: el Señor Presidente es el PRI durante seis años pero al cabo de ese término surge otro presidente que es una encarnación distinta del PRI.
* * *
El peregrinar de Octavio Paz acaba en 1971, ya sin Díaz Ordaz en la Presidencia. A su regreso, el 29 de marzo, el escritor concedió una entrevista al programa 24 Horas del canal 2 que conducía Jacobo Zabludovsky.
Habló de intelectuales y de aquella entrevista de Díaz Ordaz con Sodi Pallares.
–Usted ha afirmado que el escritor debe estar al margen del Estado y de las democracias políticas, pero hay gente como Rosario Castellanos, que es embajadora de México en Israel, y Pablo Neruda, que acaba de aceptar un cargo del presidente Allende también como embajador. ¿Qué opina usted de esto?
–Bueno, yo también he sido funcionario, he sido embajador y no me voy a convertir ahora en lo que más aborrezco: en juez de los otros. Creo, sin embargo, que los escritores aunque quieran ser útiles dentro del Estado, su verdadero gesto es fuera del Estado como conciencia crítica de su pueblo o por lo menos como expresión crítica de su propio yo individual.
Tampoco soy partidario de que los intelectuales, sobre todo los escritores, los poetas, los artistas, formen parte de partidos políticos. Con esto no quiero decir que los escritores no deban tener opiniones políticas; al contrario, un escritor, puesto que es un ser social, debe tener opiniones y convicciones políticas, pero si tuviera una organización política, hay el peligro de que incluso, sin darse cuenta, ponga su arte o su pensamiento al servicio de las necesidades del momento.
–En una entrevista que le hicieron al licenciado Díaz Ordaz, habló de usted. ¿Esas declaraciones lo han perjudicado o lo han beneficiado?
–Mis libros se venden mucho más desde esa época.
El folio 153
Y entonces, dentro de la montaña de documentos, surge una hoja de garabatos burocráticos. Folio 153. Expediente III-2944-1 (III). Expediente personal de Octavio Paz Lozano.
Una inofensiva forma de papelería le dará la vuelta a una parte de la historia intelectual del país. Apenas un inofensivo formulario con una inofensiva leyenda: “Aviso de cambio de situación de personal federal”.
Y seguiría siendo un inofensivo papel si no fuera porque la persona a la que se refiere ese aviso de cambio de situación de personal es Octavio Paz. E incluso ahí podría quedar todo.
Pero no. Lo que explota de golpe a la mirada son las fechas y una frase que antes ya había aparecido en otros documentos del mismo expediente: “Renuncia a la disponibilidad”. Y la fecha: “1 de Sept. 1971”. La frase y la fecha, subrayado con verde.
Pero existe otra fecha subrayada con verde que no coincide con los tiempos que refiere la leyenda “renuncia a la disponibilidad”. Antes de la firma de Raúl Nájera Esquivel, entonces director General de Cuenta y Administración, otra leyenda y la fecha:
“Se hace constar que en los términos indicados, cambia la situación de la persona a quien se refiere el presente aviso: Tlatelolco, D.F., a 27 de marzo de 1973”.
No hay duda de que es un documento oficial.
Baja. (Opción marcada)
Nombre del empleado: Octavio Paz Solórzano.
Núm. Reg. Filiación: PALO-140331
Empleo: Embajador.
Adscripción: Embajada de México en Nueva Delhi, India.
Oficina pagadora actual: Dirección General de Pagos.
Cambio radiación sueldos a: Departamento de Control de Pagos.
Nueva adscripción: —————————
Clave: 5-1107-11.70/SE-01-01-55
Sueldo: $4,521.00
Al centro del documento, pequeños recuadros con los siguientes requisitos y datos.
Fecha: Día, mes, año: 10 de sept. 1971.
Motivo: RENUNCIA A LA DISPONIBILIDAD. (La leyenda toda en mayúsculas y tipografía de las máquinas mecánicas de escribir).
Varios detalles más:
1.- Alguna máquina con reloj marcó la hora en que este documento fue recibido en la Dirección General del Servicio Diplomático: “73 Mar 28 13.04”.
2.- En otra oficina a la que llegó este documento, alguien anotó con tinta verde y en diagonal, exactamente abajo del sello oficial impreso del águila devorando la serpiente: 29-III-73.
Lo que esto significa es que en 1973 fue el año en que se autorizó su renuncia a la disponibilidad. En 1973 cumplía 30 años en el servicio público, los años que, de acuerdo con la Ley del Servicio Exterior Mexicano, se requerían para alcanzar los beneficios de la jubilación.
Nota. El salario que se menciona es el oficial. En la versión pública del expediente de la DFS sobre Octavio Paz que se encuentra en el Archivo General de la Nación, los ingresos reportados son otros:
Sueldo: $4,521.00
Sobresueldo: $678.15
Compensación: $3,164.70
Total: $8,363. 85.
Es decir, la diferencia entre una y otra cifra era casi del doble.
***
El hallazgo de este documento ocurrió el miércoles 18 de agosto del 2010. La marca de la fecha quedó en la imagen digital.
¿Qué era lo que significaba ese documento? ¿Octavio Paz mintió o nadie leyó con cuidado sus palabras cuando dijo que renunciaba a la embajada, al gobierno de Díaz Ordaz, pero no al sistema, no al Estado?
Ese documento pasó por varias manos y miradas. Una de ellas fue la de Gilberto Adame, quien compartió su hallazgo en la edición de febrero de 2015 de la revista El Mundo del Abogado.
Dice Adame en entrevista: “Basta hacer un análisis de las leyes, y si bien no era en la ley, en el reglamento estaba perfectamente especificado cómo podía una persona renunciar al servicio exterior, así como los efectos de la renuncia, que eran de tipo económico.
“Eso me lleva a desestimar los argumentos de que Octavio Paz no tenía otra salida.
“El deseo de querer dejar el servicio público lo viene anunciando en textos, cartas a amigos, algunas públicas, otras que forman parte de archivos por abrirse. De tal modo que cuando ocurre lo del 68, la reacción de Paz es de indignación. En el 68 culmina lo que ya había empezado.
—¿Qué significaba concretamente la solicitud de disponibilidad?
—De acuerdo con la ley y el reglamento, implicaba tomarse una licencia de tres años, seguir perteneciendo al servicio exterior y regresar cuando así lo deseara; conservar seguridad social, gastos, pasajes, etcétera. De hecho, cuando regresa a México en 1971, seguía perteneciendo al servicio exterior.
—¿No renunció?
—Con el análisis de los documentos, sin ninguna interpretación ni política ni ideológica, sino estrictamente legal, Octavio Paz no renunció. Se acogió a un derecho que tenía… un tipo de licencia.
—¿Gustavo Díaz Ordaz tenía razón?
—Tenía razón.
Lo dicho por Octavio Paz sobre su salida de la embajada de la India tiene el sabor de la mentira. ¿Por qué no fue explícito? ¿Por qué tenía que cargar con eso?
Cuando Julio Scherer lo entrevista en 1977, el periodista es el que usa nuevamente la palabra “renuncia”, no el poeta.
–Se ha dicho (en Plural, octubre de 1972) que tu renuncia a la embajada en la India fue un acto moral que despertó expectativas políticas, imposibles de cumplirse pues no querías ni podías regresar a México para convertirte en cabeza de la oposición. ¿Qué opinas al respecto?
–El comentario de mi amigo José Emilio Pacheco se basa, a mi juicio, en una confusión. No creo que se deba separar, en este caso, la moral de la política. Incluso podría afirmarse que la eficacia política de mi actitud consistió en que fue la expresión de una decisión moral,
Dejé la embajada de la India para expresar mi inconformidad moral con una política gubernamental (negritas del autor).
¿Cuándo usó la palabra renuncia? Más allá de la formalidad legal, ¿por qué casi nunca se atrevió a usar la palabra renuncia? Estar en disponibilidad implicaba, de acuerdo con Adame, que el escritor seguía cobrando su salario y que lo hizo al menos hasta 1971.
El abogado Adame halló la que puede ser la única declaración publicada en la que Paz usa de manera explícita la palabra renuncia.
El texto es un cable de la agencia AP publicado en la edición del 19 de octubre de 1968 del diario Excélsior.
La agencia asegura que Paz habría dicho que renunció al cargo a causa de las diferencias con el gobierno mexicano.
“No hice ninguna observación en la India, pero no estaba satisfecho con la acusación del gobierno mexicano durante los disturbios estudiantiles… sería difícil representar un gobierno así”, juzgó Paz en ese momento.
Juan Villoro, en el texto de presentación de la obra de Christopher Domínguez, propone otro tipo de acercamiento con Paz:
“Lo peculiar, en el caso de Paz, es que encomió siempre la distancia del poeta con el Príncipe y, psicológicamente, se vio a sí mismo como un outsider, como un disidente. Se atrevió a ser impopular, inaugurando arriesgadas formas de pensar. Eso basta y sobra. Me parece una desmesura pedirle la virtud del santo o el héroe cívico”.
En efecto, sería un despropósito exigir que fuera un santo, pero bien podría haber dicho con todas sus letras que no había renunciado y que siguió cobrando.
La renuncia hizo enfurecer a Díaz Ordaz. Hoy sabemos detalles de su reacción. En una larga carta (París, 5 de noviembre de 1968), Carlos Fuentes le cuenta a Paz algunas de las reacciones que le han hecho los amigos sobre la renuncia. Un párrafo narra el instante en qué se enteró Díaz Ordaz.
… Por su parte, José Luis Martínez tuvo que admitir, antenoche, que a su parecer el ejército es el que le da órdenes a Díaz Ordaz. También me dijo que GDO estalló en cólera cuando renunciaste y dictó un cese violento e injurioso que Carrillo Flores trató de “endulzar”. Ya sabemos que para los aztecas los corazones humanos hacen las veces de postre.
El entonces presidente se guardó la furia, Luego, cobraría “venganza” con una sola frase: “Ese que va a renunciar”.
Esa frase provocaría una reacción similar en el poeta. El 24 de noviembre (siete días después de la entrevista Sodi-Ordaz) Octavio Paz agrega tres párrafos a una carta dirigida y escrita desde Cambridge a Carlos Fuentes, que había dejado inconclusa:
Hasta aquí había llegado mi carta –suspendida por un corto viaje a Londres: conferencia y comida con Lévi-Strauss-, cuando ayer en la noche tuve la inmensa alegría de oírte y oír a Leonora, Fernando, Ramón y Víctor. Agradezco a Díaz Ordaz su mezquina alusión: me dio ocasión de oírlos a Uds. y reconocerme en su amistad. Eres maravilloso Carlos. La amistad de Uds. me compensa con creces de la mezquindad de ese hombre atrabiliario y dispéptico. ¡Nuestra vida, nuestra honra y nuestra libertad a merced de los jugos gástricos y de los tubos digestivos del antiguo amanuense del novillero y chulo poblano Ávila Camacho: Lo que a mí me tiene aterrado no son los desahogos de nuestro presidente (su reinado termina dentro de una semana) sino las condenas recientes. Son monstruosas y tiene un objeto simultáneamente real y simbólico: con ellas se nos quiere aterrorizar… .
Todavía agregó palabras manuscritas. Tres párrafos y una pregunta que dejó pendiente para siempre:
¿Crees que vale la pena que, a mi regreso, ponga los puntos sobre las íes en relación a la alusión de Díaz Ordaz?
No lo hizo.
_______________
* Este texto forma parte de la investigación del autor sobre la relación entre intelectuales y poder en México, realizada en parte gracias al apoyo del Lozano Long Institute of Latin American Studies (LLILAS), de la Universidad de Texas en Austin.

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